martes, marzo 29, 2005

Warning: esto es una introducción

Prólogo (el verdadero)

Podría hacer mi “propia y muy personal” versión de la borgiana "historia universal de la infamia", es decir, “mi historia universal de la infamia”, y al hacerlo me veo obligado a recurrir a los recuerdos mas imborrables de mi vida, quizá —¿por qué no?— los más impactantes, actos que podrían ocupar otro espacio y ser dignos de reacciones más acordes a los hechos si se les ubicara a estos en otro contexto, sin embargo, encuentro que dichos sucesos en mi vida (y en mi persona —psicológicamente hablando—) no han provocado otra cosa más que la sorpresa simple al momento de enfrentarme a ellos; después, si acaso, han pasado a ser anécdotas entretenidas que a medida que, a medida que se cuentan con más frecuencia, se vuelven insulsas. Recuerdo una nariz de un joven de 12 ó 13 años siendo cortada por un sable ninja; a un hombre que frente a más de una docena de discípulos abre a un perro en canal y se come las tripas frente a ellos; recuerdo cientos de pollos y gallinas siendo matados a patadas, pisotones o lanzados con fuerza contra las paredes, para ser vendidos luego a una cadena de restaurantes de comida rápida; recuerdo una adolescente que se suicido porque sus padres no le hicieron quinceañera, y a otra que, no sé por que razón, también decidió terminar con su existencia vomitando sus intestinos después de haber bebido líquido destapacaños.

Sin embargo las abyecciones humanas no representan otra cosa más que el constante transcurrir de agonías por la que está conformada la vida; toda la ridiculez, el "sin sentido" y lo absurdo impregnan todo sin que esto llegue a representar siquiera una fuente de asombro. Será tal vez porque lo que leemos, lo que vemos y oímos no es otra cosa que un reflejo de lo que somos interiormente, y al igual que un espejo, el cual, lo único que hace es mostrarnos el espacio que nos incluye (porque no podemos ver nada si no estamos frente a él), cada día nos sorprende menos verlo y con el paso del tiempo se va convirtiendo en algo rutinario, sin lo cual, irónicamente, nos sentimos incompletos.


Me queda la búsqueda en las cosas simples, la parte sencilla de todo aquello que no vale la pena ser contado; esos personajes de los que nadie sabe ni se interesa por ellos (a veces ni siquiera quienes los rodean). Pienso que es en la historia más sencilla en donde puede encontrarse todo el cielo y el infierno juntos, pero hablar de esto sería flotar mucho y nadar poco. Mi historia universal de la infamia, pues, se convierte en mi propia historia, en la historia de todos aquellos de los que probablemente jamás hablarán, que jamás aparecerán en las noticias, en un libro de texto, que jamás les pondrán su nombre a una calle; aquellos por los que nunca se escribirá una canción, ni un poema, ni nada que dure más que una palabra en el aire. Lo espectacular y escandaloso me lo guardo en la memoria de nuevo, dejo fuera aquello que realmente me conmueve, corriendo con esto el riesgo de que esta historia universal se convierta en en una "simple historia particular", sin más infames que el mismo autor, porque, finalmente (y lo creo ahora más que nunca), escribir es una de tantas formas (si no es que la más traicionera) de lastimar a alguien.
Al final, en cada historia, incluso en la vida misma hay tres cosas importantes para tomar en cuenta y esta no es la excepción; acciones inherentes al ser humano de las que todos padecen y gozan. Ineluctablemente hacemos daño, reincidimos y coincidimos.

Dañar es inevitable y para lograrlo habría que dejar de respirar, y aún así no es garantía el que dejemos de lastimar a alguien tomando esa medida. Herir, dañar, lastimar, es algo tan arraigado a la naturaleza humana, que haría falta no pensar jamás en lo que se hace, ni siquiera la más mínima reflexión que permita que se sienta culpa por cada pensamiento o acción.
Reincidir es el destino que se nos escapa de las manos, es ceder; a veces es no poder hacer algo, a veces es perdonar y en muchas ocasiones es sólo costumbre. Volver a hacer algo, vivir en un eterno retorno es lo que nos recuerda nuestra verdadera naturaleza y todas esas manías inútiles que nos perseguirán hasta la muerte.
Coincidir, finalmente, es la única esperanza que muere al último y de ahí se derivan todas las demás; toda esperanza en algo puede morir en cualquier momento menos coincidir, porque después de todo, en este universo en el que todos y todo choca, rebota y se aleja sin razón aparente, el azar juega un papel importante en el que hay que apostar por que en nada, ni siquiera en la palabra pronunciada más sabiamente, ni en la acción más perfecta está todo dicho; ni siquiera en la telenovela más predecible, ni siquiera en el pronóstico del clima, ni siquiera en dos personas que se alejan.

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*Este y todos los escritos con numeración romana son fragmentos que forman parte del proyecto de novela llamado tentativamente Qué dirán nuestros biógrafos que no existieron. Por razones de espacio (y por encontrarse en proceso dicho proyecto, ¡claro está!) sólo aparecen en este blog 10 pequeñas muestras de ello.

miércoles, marzo 23, 2005

En un punto lejano

I
Me encontraba pasando por un momento extraño de mi vida, estaba cansado, agobiado y amenazaba con quebrarme a la menor provocación como un caballo cansado a punto de reventarse a media carrera; quizás la palabra correcta sea frágil, o también vulnerable. Llevaba cerca de un año sin empleo, con una gripa bastante recurrente y meses atrás acababa de terminar con una relación larga y tropezada digna de una telenovela, lo cual (si hacia una retrospectiva) era bastante común en la mayoría de las relaciones que había tenido, incluyendo a las aventuras de una sola noche.

Sin embargo comenzaba a extrañar un cuerpo tibio en mi cama durante los fines de semana, algo de sexo frecuente que no dependiera de mi aspecto, invitaciones a cenar o el nivel de alcohol en las mujeres con las cuales llegaba a salir. No lo sabía (no lo sé aún), pero podía sentir como algo de maldad comenzaba a asomarse de vez en cuando por mi boca mientras dormía, algo se retorcía y arrastraba por mi interior como un animal salvaje encerrado en una gruta bastante inhospita, era como si el temor o, mejor dicho, la reserva natural que tenemos la mayoría de las personas a hacerle daño a alguien, se fuera desvaneciendo.
Empecé a darme cuenta que desde hacía mucho tiempo (no sé cuanto), toda mi vida no habían sido otra cosa que delirios y deseos ocultos; a veces eran ilusiones, pero también sabía que estas siempre hieren. Las visiones eran cientos de lineas que convergían en un mismo punto; un circulo perfecto; una figura de cuatro lados iguales exactamente trazada. Fuga, perfección y pesadez; así me sentía. Una roca clavada firmemente al suelo incapaz de moverse, perfectamente sólida y demasiado pesada como para que alguien pudiera moverla. Era momento de comenzar a hacer algo con eso, no importaba qué.

martes, marzo 22, 2005

El bueno, el malo y el feo

II
He de escribir ahora entonces, cuando siento la maldad como una segunda piel, sin la moral y la compasión del bueno y el feo, sino con la completa libertad que me otorga el no estar comprometido de ninguna manera, ni siquiera conmigo.
Sé que afuera tal vez las estrellas caen y calcinan todo, que el ruido de las dos de la tarde es capaz de hacerte polvo los dientes si abres demasiado el corazón, y también sé que algo grandiosamente bueno se esconde en el fondo del estómago de una persona, capaz de despedazarte en un pestañeo.
Camino por la calle y aspiro el olor de la mañana que comienza a calentarse poco a poco como un sudor natural de la piedra, tomo el olor de las personas y trato de ver con ello; con unos ojos defectuosos y unos oidos contaminados no hay nada más que eso, y culminar (tal vez) después con el tacto y el gusto, pero para eso hay que sufrir demasiado a veces.
Lo había ya pensado en alguna ocasión; esta situación me da el poder y el derecho de joder a todos incluso a mí.