Podría hacer mi “propia y muy personal” versión de la borgiana "historia universal de la infamia", es decir, “mi historia universal de la infamia”, y al hacerlo me veo obligado a recurrir a los recuerdos mas imborrables de mi vida, quizá —¿por qué no?— los más impactantes, actos que podrían ocupar otro espacio y ser dignos de reacciones más acordes a los hechos si se les ubicara a estos en otro contexto, sin embargo, encuentro que dichos sucesos en mi vida (y en mi persona —psicológicamente hablando—) no han provocado otra cosa más que la sorpresa simple al momento de enfrentarme a ellos; después, si acaso, han pasado a ser anécdotas entretenidas que a medida que, a medida que se cuentan con más frecuencia, se vuelven insulsas. Recuerdo una nariz de un joven de 12 ó 13 años siendo cortada por un sable ninja; a un hombre que frente a más de una docena de discípulos abre a un perro en canal y se come las tripas frente a ellos; recuerdo cientos de pollos y gallinas siendo matados a patadas, pisotones o lanzados con fuerza contra las paredes, para ser vendidos luego a una cadena de restaurantes de comida rápida; recuerdo una adolescente que se suicido porque sus padres no le hicieron quinceañera, y a otra que, no sé por que razón, también decidió terminar con su existencia vomitando sus intestinos después de haber bebido líquido destapacaños.
Sin embargo las abyecciones humanas no representan otra cosa más que el constante transcurrir de agonías por la que está conformada la vida; toda la ridiculez, el "sin sentido" y lo absurdo impregnan todo sin que esto llegue a representar siquiera una fuente de asombro. Será tal vez porque lo que leemos, lo que vemos y oímos no es otra cosa que un reflejo de lo que somos interiormente, y al igual que un espejo, el cual, lo único que hace es mostrarnos el espacio que nos incluye (porque no podemos ver nada si no estamos frente a él), cada día nos sorprende menos verlo y con el paso del tiempo se va convirtiendo en algo rutinario, sin lo cual, irónicamente, nos sentimos incompletos.
Me queda la búsqueda en las cosas simples, la parte sencilla de todo aquello que no vale la pena ser contado; esos personajes de los que nadie sabe ni se interesa por ellos (a veces ni siquiera quienes los rodean). Pienso que es en la historia más sencilla en donde puede encontrarse todo el cielo y el infierno juntos, pero hablar de esto sería flotar mucho y nadar poco. Mi historia universal de la infamia, pues, se convierte en mi propia historia, en la historia de todos aquellos de los que probablemente jamás hablarán, que jamás aparecerán en las noticias, en un libro de texto, que jamás les pondrán su nombre a una calle; aquellos por los que nunca se escribirá una canción, ni un poema, ni nada que dure más que una palabra en el aire. Lo espectacular y escandaloso me lo guardo en la memoria de nuevo, dejo fuera aquello que realmente me conmueve, corriendo con esto el riesgo de que esta historia universal se convierta en en una "simple historia particular", sin más infames que el mismo autor, porque, finalmente (y lo creo ahora más que nunca), escribir es una de tantas formas (si no es que la más traicionera) de lastimar a alguien.
Al final, en cada historia, incluso en la vida misma hay tres cosas importantes para tomar en cuenta y esta no es la excepción; acciones inherentes al ser humano de las que todos padecen y gozan. Ineluctablemente hacemos daño, reincidimos y coincidimos.
Dañar es inevitable y para lograrlo habría que dejar de respirar, y aún así no es garantía el que dejemos de lastimar a alguien tomando esa medida. Herir, dañar, lastimar, es algo tan arraigado a la naturaleza humana, que haría falta no pensar jamás en lo que se hace, ni siquiera la más mínima reflexión que permita que se sienta culpa por cada pensamiento o acción.
Reincidir es el destino que se nos escapa de las manos, es ceder; a veces es no poder hacer algo, a veces es perdonar y en muchas ocasiones es sólo costumbre. Volver a hacer algo, vivir en un eterno retorno es lo que nos recuerda nuestra verdadera naturaleza y todas esas manías inútiles que nos perseguirán hasta la muerte.
Coincidir, finalmente, es la única esperanza que muere al último y de ahí se derivan todas las demás; toda esperanza en algo puede morir en cualquier momento menos coincidir, porque después de todo, en este universo en el que todos y todo choca, rebota y se aleja sin razón aparente, el azar juega un papel importante en el que hay que apostar por que en nada, ni siquiera en la palabra pronunciada más sabiamente, ni en la acción más perfecta está todo dicho; ni siquiera en la telenovela más predecible, ni siquiera en el pronóstico del clima, ni siquiera en dos personas que se alejan.
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*Este y todos los escritos con numeración romana son fragmentos que forman parte del proyecto de novela llamado tentativamente Qué dirán nuestros biógrafos que no existieron. Por razones de espacio (y por encontrarse en proceso dicho proyecto, ¡claro está!) sólo aparecen en este blog 10 pequeñas muestras de ello.